Señora, Virgen de la Expectación,
danos tu bendición y llévanos
por buen camino.
danos tu bendición y llévanos
por buen camino.
Esto que popularmente conocemos como cultura visual es en sí mismo una categoría que le ha servido a Mirzoeff, Mitchell, Eco y otros para analizar nuestra realidad actual. Desde un punto de vista que hace especial enfoque en el acontecer histórico de los términos "cultura" y "visual", muchos historiadores y semiólogos como Eco mismo han señalado la persistencia de ciertas continuidades con otros momentos de la historia occidental, descartando en gran parte el caracter de novedad e inmediatez que puede aparejar hablar de cultura visual. No obstante, me parece interesante traer a colación la reflexión que hace Mirzoeff, superando aquella instancia ya analizada por Heidegger de que se amplía la imagen del mundo, en la que deduce que es nuestra especial herencia moderna el elaborar la existencia como una imagen, construir el mundo sobre una multiplicidad de íconos, signos visuales, indicios y huellas. Todo pasa por la percepción, pero por la percepción visual, y cuando decimos todo, hablamos de los aspectos esenciales de nuestra vida cotidiana como sujetos y ciudadanos: nuestro modo de relacionearnos, de comprar y vender, de vestirnos, de elegir una foto de perfil, escribir una carpeta, elegir el fondo para un powerpoint pero también cuando observamos los posicionamientos estéticos de los spots políticos, cuando asistimos a la puesta en escena (quizás esta sea la expresión acertada) de cierta simbología histórica para la concreción de un mensaje. Si nos detenemos un segundo a observar...la dimensión visual es el telón de fondo de nuestra interacción en este mundo. Y es en este sentido que Mirzoeff cita a Mitchell en cuanto que este último destaca el carácter eminentemente visual más que textual de ciertos aportes científicos o filosóficos; precisamente este es el punto de inflexión que nos permite hablar de una cultura visual en sentido estricto, ya que lo específico visual no hay que buscarlo en un escenario preparado para ello, en algo minuciosamente orquestado, sino en la experiencia de la cotidianeidad.
Un ejemplo: Accedí hace un par de años a la música de una compositora mexicana llamada Lila Downs. Su banda sonora de la película Frida me hacía evocar cada momento de la película, los cuadros que se mostraban, los colores, la fotografía. Seguí escuchándola. Leí que es antropóloga, y que la voz de Mercedes Sosa comenzó a sonar cuando ella trabaja en un textil indígena. Allí comenzó a cantar, imprimiendo en sus canciones una rotunda expresión de sus raíces mezclada, cual la Virgen de Zapopan, con las nuevas tecnologías. Toda su música pero sobre todo su vestimenta y el arte de los librillos de sus álbumes (lo visual, nuevamente) le brindan a esta cantante una presencía de la cuestión indígena que es ineludible. Ahora bien, sucede que cuando leí algunos de sus escritos, reparé en su aberrante cantidad de faltas de ortografía. Y es que esta licenciada, con conciencia moral, geográfica, ancestral, parece ser un ejemplo más de que, en la estructuración del discurso moderno, la palabra escrita parece estar devaluada en la jerarquía de los saberes.
Quizás yo hoy no tenga que guiar a quienes no comparten mis estudios universitarios, como amigos, familia o alumnos para que entienden la especial raigambre de nuestra cultura actual. sino que enumerando ciertos recorridos habituales de sus propias trayectorias en el mundo, fácilmente ellos entenderían la especialidad de este código comunicativo que es la imagen. No es verosímil elaborar como novedad aquello que se repite y se reelabora en todo momento de forma acrítico (aquí comienzan los juicios) e inconsciente.

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